Si hubo un avance claro en la sociedad después de la crisis
del 2001 y 2002, fue la vuelta por el interés por la política, por muchos
sectores de la sociedad que los habían perdido. Y la mayoría los recuperaron a
través de organizaciones sociales, ejerciendo el poder de forma horizontal,
para una vez constituidos, aplicarlo de abajo hacia arriba. Es decir, de las
bases a los estamentos políticos más altos. De hecho, algunas de esas
organizaciones como Libres del Sur, se han ganado un lugar en el Congreso de la
Nación.
En esos años, no sólo había estaba la peor crisis económica
de la historia argentina, sino también política. Del grito de “que se vayan
todos”, parte de la sociedad empezó a construir sus espacios.
Pero un fragmento de la población volvió a la calle. La
disconformidad con ciertas medidas políticas hizo movilizarse a un sector
importante en varias ciudades del país. Es bueno reconocer que socialmente se
está lejos de diciembre del 2001 y que políticamente, también. El gobierno ya
no reprime las manifestaciones, ni los manifestantes demuestran su enojo
tirando piedras.
Lamentablemente, no creo que la politización de la sociedad
haya dejado un discurso más complejo e intelectual. Tampoco lo hay en la clase
política. Esto es mucho más grave, porque es parte de los requisitos que debe
tener un legislador o funcionario al asumir un cargo. Luego del cansancio
popular de la corrupción de la década del 90, el electorado prefirió elegir
gente supuestamente más honesta y desapareció la exigencia de la capacidad para
ejercer los cargos.
El kirchnerismo ha delegado la tarea de pensar a Carta
Abierta y sus miembros eliminan sus discursos complejos, con fundamentos más
interesantes, con tal de que el pueblo se vea reflejado en ellos. Por eso sólo
le queda la arenga, apelar a la emotividad, a las lágrimas, a la memoria de los
que están muertos, y así subestiman a la ciudadanía por no tratarlos como seres
pensantes. La estrategia populista de apelar a las emociones, quita cada vez
más el objetivo de hacer pensar a la gente. El resultado es tener fanáticos de
un lado y del otro, como en el fútbol, y no seres críticos.
Los análisis de los funcionarios y legisladores oficialistas
luego del famoso 8N, eran un reflejo de lo expuesto. Un mensaje bajó de forma
vertical desde las más altas esferas hacia las bases sin ser analizado por
ninguno de los miembros. Poco inteligente es querer comparar la situación
económica y social de ahora con la del 2001. Es difícil estar peor. Pero el
oficialismo quiere imponer con su relato que los manifestantes del 8N quieren
que el país vuelva al 2001. Esa premisa hace pensar que el kirchnerismo se cree
que representa a quienes echaron a De La Rúa de la Casa Rosada y que ese grupo
de gente llegó al poder a través de ellos. Pero Néstor Kirchner era gobernador
de Santa Cruz, Cristina Fernández presidenta de la comisión de asuntos Constitucionales
del Senado, algunos eran intendentes y otros formaban parte del gobierno de la
Alianza. Por lo tanto después del “que se vayan todos”, algunos no se fueron.
La simplicidad del pensamiento del núcleo duro del
kirchnerismo con respecto a la oposición o a los electores independientes, impone
la suposición, a modo de certeza, de que si una persona no piensa igual que ellos, piensa lo
contrario. Esta lógica llegó al antikirchnerismo, y allí se piensa de igual
modo, dejando en el medio un grupo mayoritario de gente.
Una forma de menospreciar los reclamos de los manifestantes,
fue argumentar que “no estaban bien claros”. “No se sabía si reclamaban por la
seguridad, los dólares, o qué”. Es cierto que pudo haber habido tantos reclamos
como manifestantes en cada punto del país. Es decir que la marcha fue una suma
de expresiones individuales. ¿Y el voto? ¿El voto que hace la ciudadanía cada
dos años no es la suma de las expresiones individuales? ¿Desacreditar la marcha
sería menospreciar al voto?
Según los discursos oficialistas, los problemas se resuelven
el 7 de diciembre. Si esa era la solución, hubieran hecho la ley antes. La
respuesta de la Ministra Débora Giorgi al Gobernador de Córdoba José Manuel De
La Sota tras los reclamos de mayor diálogo y de eliminar el impuesto a las ganancias
para los trabajadores, demuestran que fuera del libreto kirchnerista, no queda
casi nada.
Es hora de empezar a pensar un poco más. Pensar cómo construir
seres pensantes y no militantes y soldados, porque así se subordinan. Y la
política no es subordinación. Es discusión, debate, argumentos. Es nuestro
deber exigirlo.

