Tanto unos como otros tienen cientos o miles de seguidores que son capaces de defenderlos a lo largo y ancho del planeta, y otros que no desaprovecharán la oportunidad de cuestionarlos y poner en duda su lugar en la sociedad.
Los ídolos son indiscutibles. Nacen en el corazón y están relacionados con las emociones, por lo tanto su análisis, carece de racionalidad. Generalmente son contemporáneos y surgen de las artes o del deporte y gozan de gran popularidad. Son idolatrados por multitudes que llegan a endiosarlos y colocarlos en altares en los que rezan sus plegarias. Los llevan en remeras, tatuados, en banderas. El resto de la gente que no comparte el sentimiento, tendrá dificultades para entender el fenómeno y los criticará sin freno alguno. Serán Dios y el diablo, y con ese karma vivirán la mayor parte de su vida, siendo observados constantemente para utilizarlos como ejemplos, de los buenos y de los malos.
Los próceres están en los libros. Las calles, los clubes y muchas ciudades llevan sus nombres. Han hecho mérito para eso. Tan discutidos como los ídolos, a los próceres se los analiza desde la razón. Se los estudia. También generan devoción y rechazo entre la gente. No están exentos del juicio popular. No sólo deben hacer una carrera destacada en beneficio de una ciudad, una provincia, un país o un continente, sino que también tienen que pasar años y años para adquirir este status y no lograrán el reconocimiento de su obra en vida. La heroicidad, la humildad y la característica de su muerte, generan más peso a la hora de su reconocimiento.
Si nos diéramos cuenta de los inútiles que son ciertas discusiones, más de una vez nos habríamos ahorrado algún disgusto. Discutir un ídolo no tiene sentido, menos aún si el marco del debate es un lugar tan irracional como una cancha de fútbol. “El corazón tiene razones que la propia razón no entiende”. Se hablará mucho, no se cambiará de opinión y tampoco de tema. En cambio, analizar a los próceres sí tiene sentido. Requiere de una preparación previa y de un contexto apropiado. Es una experiencia tan enriquecedora como compleja, porque difícilmente el análisis sea más profundo que la obra del personaje.
Los ídolos son indiscutibles. Nacen en el corazón y están relacionados con las emociones, por lo tanto su análisis, carece de racionalidad. Generalmente son contemporáneos y surgen de las artes o del deporte y gozan de gran popularidad. Son idolatrados por multitudes que llegan a endiosarlos y colocarlos en altares en los que rezan sus plegarias. Los llevan en remeras, tatuados, en banderas. El resto de la gente que no comparte el sentimiento, tendrá dificultades para entender el fenómeno y los criticará sin freno alguno. Serán Dios y el diablo, y con ese karma vivirán la mayor parte de su vida, siendo observados constantemente para utilizarlos como ejemplos, de los buenos y de los malos.
Los próceres están en los libros. Las calles, los clubes y muchas ciudades llevan sus nombres. Han hecho mérito para eso. Tan discutidos como los ídolos, a los próceres se los analiza desde la razón. Se los estudia. También generan devoción y rechazo entre la gente. No están exentos del juicio popular. No sólo deben hacer una carrera destacada en beneficio de una ciudad, una provincia, un país o un continente, sino que también tienen que pasar años y años para adquirir este status y no lograrán el reconocimiento de su obra en vida. La heroicidad, la humildad y la característica de su muerte, generan más peso a la hora de su reconocimiento.
Si nos diéramos cuenta de los inútiles que son ciertas discusiones, más de una vez nos habríamos ahorrado algún disgusto. Discutir un ídolo no tiene sentido, menos aún si el marco del debate es un lugar tan irracional como una cancha de fútbol. “El corazón tiene razones que la propia razón no entiende”. Se hablará mucho, no se cambiará de opinión y tampoco de tema. En cambio, analizar a los próceres sí tiene sentido. Requiere de una preparación previa y de un contexto apropiado. Es una experiencia tan enriquecedora como compleja, porque difícilmente el análisis sea más profundo que la obra del personaje.