martes, 20 de octubre de 2009

Los ídolos y los próceres


Tanto unos como otros tienen cientos o miles de seguidores que son capaces de defenderlos a lo largo y ancho del planeta, y otros que no desaprovecharán la oportunidad de cuestionarlos y poner en duda su lugar en la sociedad.
Los ídolos son indiscutibles. Nacen en el corazón y están relacionados con las emociones, por lo tanto su análisis, carece de racionalidad. Generalmente son contemporáneos y surgen de las artes o del deporte y gozan de gran popularidad. Son idolatrados por multitudes que llegan a endiosarlos y colocarlos en altares en los que rezan sus plegarias. Los llevan en remeras, tatuados, en banderas. El resto de la gente que no comparte el sentimiento, tendrá dificultades para entender el fenómeno y los criticará sin freno alguno. Serán Dios y el diablo, y con ese karma vivirán la mayor parte de su vida, siendo observados constantemente para utilizarlos como ejemplos, de los buenos y de los malos.
Los próceres están en los libros. Las calles, los clubes y muchas ciudades llevan sus nombres. Han hecho mérito para eso. Tan discutidos como los ídolos, a los próceres se los analiza desde la razón. Se los estudia. También generan devoción y rechazo entre la gente. No están exentos del juicio popular. No sólo deben hacer una carrera destacada en beneficio de una ciudad, una provincia, un país o un continente, sino que también tienen que pasar años y años para adquirir este status y no lograrán el reconocimiento de su obra en vida. La heroicidad, la humildad y la característica de su muerte, generan más peso a la hora de su reconocimiento.
Si nos diéramos cuenta de los inútiles que son ciertas discusiones, más de una vez nos habríamos ahorrado algún disgusto. Discutir un ídolo no tiene sentido, menos aún si el marco del debate es un lugar tan irracional como una cancha de fútbol. “El corazón tiene razones que la propia razón no entiende”. Se hablará mucho, no se cambiará de opinión y tampoco de tema. En cambio, analizar a los próceres sí tiene sentido. Requiere de una preparación previa y de un contexto apropiado. Es una experiencia tan enriquecedora como compleja, porque difícilmente el análisis sea más profundo que la obra del personaje.

viernes, 16 de octubre de 2009

Las palabras no tienen la culpa

Estoy convencido que las palabras no tienen la culpa, pero sí mucho peso. Tienen significados y suelen ser mal empleadas. Muchas veces son identificadas con un momento histórico o un personaje en particular y es allí donde empiezan a desvirtuarse.
En la conferencia de prensa al final del partido de Uruguay y Argentina, el técnico de la selección nacional, Diego Armando Maradona, corrigió a un periodista cuando éste le pidió un análisis sobre su proceso como entrenador. Maradona prefirió utilizar la palabra “ciclo” porque “proceso le suena a Videla y Galtieri”. Según la Real Academia Española de Letras, proceso significa “conjunto de las fases sucesivas de un fenómeno u operación” y entre sus sinónimos se encuentran: ciclo, transcurso, carrera, etc.
Es cierto que el período del gobierno militar de 1976-1983 fue nombrado “Proceso de reorganización nacional”, pero sería bueno saber que lo más nefasto de esta etapa de la historia del país no fue el nombre que se utilizó, sino las políticas sociales, económicas y culturales que se impusieron, destacando entre ellas las falta de libertad de pensamiento y de expresión, además del plan sistemático de persecución, desaparición y asesinato de quienes no se encontraban en línea con el gobierno de facto.
También existen procesos químicos, físicos, biológicos, sociales, etc., y los militares no han influido en ellos.
A la lista de palabras que hoy en día, parece ser, no se deben utilizar, podrían agregarse: expropiación, desaparecer / desaparecidos, Falcon, ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), secuestros, Ray Bans, y un sin fin de inocentes vocablos que no tienen ninguna responsabilidad histórica.
Las palabras no tienen dueño. Es más, se adueñan del hombre y los esclavizan. Son patrimonio de la humanidad. Deben ser parte de un momento apropiado, porque allí es donde encuentran el peso de su significado, que es la base fundamental para cualquier argumentación.