viernes, 1 de mayo de 2009

Palabras para quien disfruta de la naturaleza (o testimonio de quien creían que no podía, y sin embargo pudo)


Una vez leí una frase en una remera que decía que para bajar de una montaña había, por lo menos, veinte excusas y para subir, sólo una. No se si esa excusa es universal o cada cual tiene la suya, pero creo que algo de cierto hay en esa afirmación.
Cuando estaba a mitad del camino del Cerro Tres Picos, se me cruzaron por la cabeza algunas preguntas del estilo de “¿qué hago yo acá?”, “¿quién me obligó a venir?” o “¿por qué no me quedé en casa que estaba más cómodo?”.
Cuando llegamos con Gerardo, (mi primo), a la Cueva de los Guanacos, estábamos destruidos. Las mochilas nos habían arruinado la espalda durante las casi cinco horas de caminata en subida. Pero ahí empecé a darme cuenta que no iba a estar allí muchas veces y aproveché a disfrutar el lugar y de la vista que se tiene desde allí arriba.
A la noche poco era lo que se podía ver. Las estrellas se destacaban en el cielo, y en el suelo, Sierra de la Ventana se veía muy cerca, y en el fondo, Pringles se mostraba un poco oculto detrás de la tierra en suspensión.
El domingo temprano salimos para el cerro. Una hora y media de caminata y trepadas, y otra vez las dudas, aunque en esta vez, no eran tantas porque el objetivo estaba muy cerca. Desde la cima, a 1239 metros a nivel del mar, se ve todo lo que se puede imaginar. El viento se hizo notar un poco, pero no molestó para nada.
Bajamos a la cueva con el objetivo cumplido, desarmamos la carpa y armamos nuestras mochilas y empezamos el viaje de vuelta.
Allí quedó, sin querer, el celular de Gerardo. Si alguien lo encuentra, se ruega su devolución.
El descenso fue cansador pero más rápido que la subida. En tres horas llegamos a la base del cerro. El cansancio fue mucho. Creo que ya no estamos para ciertos trotes.
De allí trajimos buenos recuerdos y dejamos a Eric Clapton cantando canciones de Bob Dylan cuando se las pedíamos.